viernes, 14 de octubre de 2011

Un burro toca la flauta. España luz de Trento... y del Wanderer.

Veráse la lujuria y vida muelle
de aquel de España y del de la Bohemia,
que ni supo ni quiso del valor.

Reconocí el  pasado 12 de Octubre que la Hispanidad está desaparecida. No sólo de manos de los que la confunden con una canción de los nikis, sino de manos de aquellos mismos hispanos de todo el orbe, que atisbando la verdad de las cosas, no alcanzan a ver más allá de la punta de su nariz y siguen emperrados de algún modo en la canción aludida. Diríase de la Hispanidad en las mentes de estas gentes lo que dijo José Antonio Primo de Rivera de aquel remedo de monarquía española que ya nada tenía que ofrecer a España: ante el pueblo español eminentemente realista que, que exige a sus santos patronos que le traigan la lluvia cuando hace falta, y si no se la traen los vuelve de espaldas en el altar, aquel simulacro cayó de su sitio sin que entrase en lucha siquiera un piquete de alabarderos.

Sintomático de alguna mente, bien ordenada y cultivada, de loable intención en su intento de estimular otras mentes, pero muy frustrada en su comprensión de lo hispano y de los justos límites sobre tema tan grande es "la cosa" que podemos leer en The Wanderer sobre Castellani y los españoles. Mientras que unos aluden a dramas hispanosajones de ascendencia catalana del autor y otros a que "la cosa" es mera ocasión para lucir la reapertura del propio coso,  prescindiré ya de la cosa en sí y de las falacias y tópicos bordados en ella -que bien han caído rebatidos por sus descosidos-. Permítanme darle la vuelta al asunto y a mostrar tocando la flauta como la luz hispana llega hasta las mismas barbas de la teoría más querida del Wandericus: la del elefante barroco.(*) Y eso lo haremos mostrando como en medio de la mediocridad teológica de la que acusa a los españoles un santo sacerdote y obispo ya había anticipado mucho antes que Wanderer, y mientras Castellani aún terminaba sus estudios teológicos, un elefante más que barroco en las entrañas de la teología viva y vivida por el pueblo.

En 1932, en pleno vaivén del movimiento litúrgico, nuestro obispo termina en la ciudad de Ronda, después de haber salvado la vida a duras penas en el incendio de su palacio en Málaga el año anterior, el prólogo a una de sus mejores libritos -jamás ha necesitado escribir un gran tratado para mostrar la anchura y profundidad de la teología-, hecho para el pueblo y para presentarle la inmensidad de un tema tan vasto como la liturgia. Una obra a la que le hubiera gustado titular, como el mismo dice: "Como se va por el arte y la liturgia a la piedad", pero que "la concesión del título de los libros" dejó resumido vagamente en "Arte y Liturgia". Lo que van a ver es algo que a Wanderer le hubiera gustado escribir en su blog, algo que atisba en su teoría, pero que sólo la luz de un santo obispo hispano -ya es beato oficial desde el 2001- puede iluminar y bajar a pie del pueblo, sin necesidad de complejas teorías elucubradas entre sillones y cortinas de terciopelo y vasos de whisky que parecen ajenas y extrañas al que las lee. 

D. Manuel González García
Nuestro obispo lo hace desde un sencillo análisis y exposición catequética de la linealidad que la falsa teología se empeña con todas sus fuerzas en hacer no lineal y que se resume en Lex orandi, lex credendi, lex vivendi. El deseo del autor en el prólogo(**) para la tercera edición del librito pasada la guerra civil es todo un proyecto que antecede sobrepasa y trasciende a la circustancia histórica de la nación que señala. 

Callo ya y paso a copiar un extenso texto de esta desconocida obrita, que espero de algo de luz al Wanderer en su ensimismamiento barroco y a cualquiera que lea sobre la verdadera altura teológica de lo mejor de la Hispanidad en el siglo XX sin necesidad de analogías algunas sobre el significado de teólogo que nos hagan pasar por el pajar que tan lleno vio Santo Tomás de Aquino. Lo sustancioso del texto hará que perdonen su extensión, pero es un pecado recortarlo:

Del engreimiento del Arte sobre el Altar

La decadencia del rito de la concelebración

Un hecho transcendental en la historia de la Liturgia rompe en muy poco tiempo la gloriosa sumisión de 12 siglos del Arte al Altar.  Ese hecho es la abolición del rito de la concelebración de la Misa por el Obispo con sus Sacerdotes. 
Durante esos 12 siglos la Santa Madre Iglesia  había tenido tanto afán en conservar y mostrar la unidad jerárquica diocesana por medio  de la celebración de los Santos Misterios, en mantener en contacto constante a sus ovejas con sus Pastores en el acto esencial de su culto, la Santa Misa, y por la irradiación de él en la manifestación y desarrollo de la vida divina que antes de desprenderse del rito de la concelebración de una misma misa por el Obispo con  su Presbiterio (tan a propósito para representar, recordar y hacer efectiva y fecunda aquella unidad)  permitía, cuando la multiplicación de los fieles lo exigía, a sus Obispos, tres, cuatro y cinco misas(1) en cada Domingo siempre en unión de sus Sacerdotes.

Cómo se fueron introduciendo las Misas privadas

Cierto que en los demás días de la semana  se fué autorizando poco a poco la celebración privada de cada Obispo y Sacerdote, y a España le cabe la gloria de haber tenido en vigor este uso de la Misa privada diaria antes del siglo IV mucho antes que otras naciones, pero en el domingo y día de fiesta, prohibidas las misas privadas, era obligatorio para todos los fieles la asistencia a su Misa Pontifical, si vivían en Roma o en la capital de la Diócesis, o parroquial en otro caso.
De ahí precisamente proviene que primero se haya celebrado en la Iglesia la Misa solemne que la privada y que la Liturgia de ésta no sea más que una reducción o abreviación de la de aquélla como recuerda aún la multitud de antífonas, salmos o himnos incoados del Ordo de nuestras Misas privadas que eran íntegramente cantados en las Misas solemnes.

¿Las causas?

Dejo a los historiadores y expositores de Liturgia y del Derecho, la enumeración de las causas  de la desaparición del rito de la concelebración, a las que ciertamente no fué extraña la larga y desastresa residencia de los Papas en Aviñón, ni fué ajena, según el valioso testimonio del Cardenal Bona, la aparición de las Ordenes mendicantes con su multiplicación de Iglesias, a más de las parroquiales existentes, con sus facilidades para la recepción de Sacramentos de Penitencia y Comunión, con necesidades de aplicar en Misas las cuantiosas limosnas  a ese fin recibidas de los fieles, y con la atracción que necesariamente habían de ejercer sobre éstos el fervor y la abnegación de los nuevos Institutos, etc., etc.
Y sí me atrevo a asegurar, que como causa o como efecto, con la desaparición de este rito y con la disminución de la Liturgia pública y colectiva está muy unida la invasión (así puede llamarse) de exenciones, con respecto a la jurisdicción episcopal, de Ordenes, Instituciones,  Cofradías, Caballerías, Territorios, Iglesias, Abadías, Prioratos y Cargos eclesiásticos que caracterizan singularmente a los siglos XIV  y XV hasta el extremo que seguramente en no pocas diócesis no quedaría otra ocupación a los Obispos que atender al manténimiento e instrucción de sus tropas de pecheros, a la rotura, al cultivo y a la defensa de sus campos y Castillos o a la prestación de auxilio a las guerras de los señores vecinos o de los Reyes de sus territorios. 
¡Triste, en verdad, enfadoso y funesto contraste entre estos dos cuadros, el de sana y ordenada centralización del culto y de la vida religiosa diocesana en la persona y autoridad del Obispo con su Clero unido a él en 12 siglos y el de huida o recelo de la jerarquía diocesana, que a no mediar la asistencia indeficiente del Espíritu Santo sobre la Iglesia y la institución divina del Episcopado, hubiera acabado por dejar cesantes a todos o a la mayor parte de los Obispos de su ministerio sagrado o condenados a un insoportable aislamiento burocrático señorial totalmente incompatible con el possuit regete Ecclesiam Dei... y el pascite qui in vobis est gregem Dei!... 
Es lo cierto, que esa misma tendencia a la descentralización del culto.y de la vida eclesiástica  que se inicia en el siglo XIII y prosigue avasalladora en el XIV y XV, a la par que separa a los fieles de la Misa y del ministerio pastoral de los Obispos en las Catedrales, los aleja de las de sus Párrocos y acaba con las asambleas parroquiales del Domingo, a pesar de las constantes y enérgicas protestas de la Iglesia por sus Concilios provinciales que repetían la prohibición a los Religiosos y Sacerdotes no párrocos de tener Misas, Oficios y predicaciones los Domingos y Fiestas en sus iglesias para no impedir a los fieles que acudieran a sus respectivas Parroquias(2).
En el siglo XVI, por último, se da un paso definitivo en la descentralización por la Constitución Apostólica Intelleximus de León X, que declara que los Domingos y Fiestas se puede oír Misa en la Iglesia de los Religiosos mendicantes sin cometer pecado mortal ni contraer penas canónicas.
Hoy apenas queda del rito de la concelebración otro rastro que la Misa de la ordenación de los presbíteros y la Misa y Consagración de Oleos del Jueves Santo.
¿Qué hace entre tanto el Arte? Huye y se emancipa de la Liturgia, como los fieles. Veréis la historia...

Cómo coincide con la decadencia de la Liturgia la emancipación y engreimiento del Arte.

Para el fin de estas líneas, que es señalar las relaciones del arte con el altar, me basta hacer constar que con la desaparición del rito de la  concelebración, y repito, no sé si como causa o efecto, se inicia en la Iglesia un largo período de decadencia litúrgica y que quizás el elemento que más sintió los efectos deplorables de esa decadencia fué el más digno de todo respeto, el altar.
Es muy digna de ser estudiada la evolución por la que le hacen pasar la ignorancia y decadencia del espíritu litúrgico de los directores y mecenas del arte llamado religioso. ¡Lástima que un arte tan fino, rico y pródigo tuviese tan desacertados consejeros!
A grandes rasgos, no más, expondré las dos curvas divergentes, que comienzan a correr dentro del templo, la Liturgia y el Arte a partir del siglo XIII. 
Ved si no en ese tiempo lo que fué diciendo y haciendo el Arte.

El trono del Obispo desaparece


Si el Obispo no ha de decir su Misa, pública y solemne ya tan frecuentemente, mirando al pueblo desde el lado allá del Altar como en la Misa de concelebración, ¿por qué ha de quedar su trono tan detrás del Altar? Pongamos al Obispo en donde se vea más cuando tenga que ir a su Catedral.
Con un dosel de quita y pon al lado del Evangelio tenemos ya bien colocado al Obispo... cuando vaya a su Iglesia. 

Aparece el retablo

Quitado el sitial del Obispo del fondo del Presbiterio, ¡quedaba tan desairado el altar!... Podríamos agrandar un poquito los Dípticos o Trípticos o sacras y; en vez de los nombres de los vivos y difuntos por los que había que pedir, a los que había que encomendarse, podríamos pintar unas imágenes o colocar unas estatuas o relicarios... y comienzan los respaldos o retablos (retro tabulam) que llegan a ser los enormes retablos de batea del estilo ojival con un sin fin de tablas primorosamente pintadas o esculpidas y los exagerados retablos del Renacimiento repletos y recargados de pórticos y columnas, frutas y flores, cuernos de la abundancia y ángeles mofletudos y cariátides grotescas. 

El baldaquino suprimido
A medida que se agrandan y recargan los retablos desaparecen los baldaquinos, el dosel de honor para el más augusto lugar del templo y la función más santa.

La Cruz errante

Y falta sitio para la Cruz grande, el elemento litúrgico. indispensable, y es colocada como remate de las elevadas bateas góticas y tan alta, por consiguiente, que cuesta trabajo mirarla o se queda definitivamente sin sitio ¡en el altar! como en la mayor parte de ios demás retablos en los que parece que la han condenado a estar perpetuamente errante, delante de la puertecita del Sagrario y sujeta por tanto a los movimientos de ésta, dentro del Manifestador (lo que está prohibido) cuando no hay manifiesto o como remate diminuto de la Sacra central.

¡Hasta el altar peligra!

Las mesas del altar en este desquiciamiento litúrgico se adhieren o adosan a esos ehormes muestrarios de colores y tallas, de fauna y flora doradas, como una cornisa, un. saliente más cuando no como un arca para guardar cosas viejas o un apéndice de quita y pon, como antes con el sitial del Obispo, del que se puede prescindir o usar para que sirva de sostén a floreros, candelabros, nubes y demás bambolla en las grandes iluminaciones de las pomposas Novenas y ruidosas funciones.
¡Pobre altar litúrgico! ¿Podía rebajarse y desnaturalizarse más? Habría que despojarlo más aún.

Presbiterio sin presbíteros
Aunque la Liturgia y el Dogma habían convenido en representar el Sacerdocio como un círculo cuyo centro es el Sacrificio y el arte litúrgico puso el altar del Sacrificio en el centro del Presbiterio o lugar de los Presbíteros, el arte ignorante de la Liturgia se dijo: Dejemos los presbiterios para que luzcan más y mejor nuestros vistosos retablos; en cambio hagamos para el Clero unos magníficos coros de mucha talla, de mucha riqueza artística y pongámoslos en medio de las iglesias para que se vean mejor y se admiren más nuestros alardes artísticos... 

Los quejidos de la Liturgia
Pero ¿y los fieles, cómo verán el altar en esas Catedrales truncadas? ¿Cómo asistirán en familia  a la Misa?, replicaba la ofendida Liturgia. ¡No importa, proseguía altanero y engreído el  Arte: ya haremos muchas capillas y altarcitos, con muchos primores también, para que cada cual vaya a Misa y rece en donde quiera, según su piedad y gustos particulares.
Pero ¿y la Misa pontifical o parroquial oída y participada por todos? ¿y el culto colectivo?, suspiraba la angustiada Liturgia.
—¡Antiguallas!, replicaba el engreído vencedor, ¡el Arte ante todo!

La tiranía artística triunfa


Y siguió el camino de devastación del sentido litúrgico y de ostentación a todo trance y por encima de todo, y en lugar de la graciosa balaustrada baja que separaba el presbiterio del lugar propio para los cantores y para el pueblo fiel, forjó y cinceló unas cancelas altísimas, de gruesos y labrados barrotes de hierro o bronce de complicadísimos adornos y encajes, elegantes, atrevidas, preciosas... pero con toda su preciosidad, más propias para quitar los Santos Misterios y Sagradas Ceremonias de la vista del poco pueblo que aun cabe entre el Altar y el coro de en medio de la Iglesia...
Y prosiguiendo su desaconsejado camino, labró unas cruces y ciriales procesionales de cincelados y filigranas de tan subido valor, como-pesados, que o no podían ser llevados en la procesión por el muchas veces viejo subdiácono ni por los niños de coro y sí sólo por mozos de cordel alquilados y uniformados para ese oficio... 
Y colocó los Sagrarios, ¡la despensa del Pan espiritual de cada día! en lo más alto de los Altares y los Manifestadores de S. D. M, en lo más empinado e inaccesible de los mismos, y para pasear triunfalmente al Santísimo Sacramento por las calles fué construyendo Custodias tan ricas como pesadas y superiores a las energías del Sacerdote más forzudo, cuyas manos consagradas son el mejor trono y la mejor silla gestatoria de Jesús, y hubo menester echar mano de andas que las hizo muy vistosas, es verdad, pero que sin el empuje de mozos de .cuerda no pueden moverse...

Y puso los ojos en las Imágenes sagradas y ¡cómo las vistió y las revistió a las veces!, y ¡cómo las acompañó hartas veces, en lienzos y retablos, en respaldos y sillerías de coro, en exornos de pilares y portadas de templos y en las piedras de los mausoleos y criptas, de dioses de la gentilidad pagana, y de figuras y símbolos
profanos y atrevidos!...

Y, a fuerza de dilapidar los tesoros con que la Piedad, desorientada o poco ilustrada, lo alimentaba, el Arte empobrecido, parece que empleó sus últimos alientos en empobrecer y desfigurar los ornamentos sagrados... y las solemnes y vistosas casullas se trocaron en las raquíticas guitarras de nuestros días, las dalmáticas y capas amplias de ricas imaginerías bordadas a mano, en recortados mandiles y capitas inglesas de algodón o seda vegetal, con imaginería de fábrica o de pintura, del mismo modo que a las ricas y suntuosas edificaciones de piedra o ladrillo tallado sucedieron los góticos de repostería y las edificaciones de cemento armado y las imágenes de cartón madera...
Pero ¿a qué seguir?
¡Si con lo apuntado sobra para justificar el título de engreimiento tiránico con que califiqué este segundo período de la historia o monografía que vengo haciendo de las relaciones del Arte con la Liturgia y especialmente con el altar litúrgico!

Suum cuique


Y de esa historia y de los testimonios que aun quedan, salta a la vista de todos que, por muy digno de estima, admiración y encumbramiento que sea el Arte, están por encima el cariño y la veneración que a la Liturgia se deben y todos los títulos nobiliarios y servicios inapreciables de aquél no pueden impedir que al gesto de gratitud honda y larga que la Iglesia le debe, se mezcle el ¡ay! de lastimada y despreciada.


Notas:

(1) Del Pontífice León III cuentan sus biógrafos que concelebraba con su Clero cada Domingo ocho y nueve Misas para que todo Roma pudiera asistir a la Misa Pontifical y participar de ella.

(2) La Colección de Concilios de Mansi está llena en sus tomos 23, 24 y 25 de documentos conciliares de esta índole.

Hasta aquí esta interesantísima exposición de la decadencia de la espiritualidad con un pie más real y menos racionalista que el de la teoría del elefante barroco. El pie que se posa sobre la Lex Orandi y la decadencia litúrgica, que se traduce en decadencia de vida cristiana en pro de ostentación de la propia obra en la que uno contempla su vida cristiana. Finalmente dire que uno se siente tentado de no dejar de señalar como esa teoría wanderiana se niega a ir más allá del siglo XV en contemplar los orígenes del desastre que debe ser arreglado. Esto como ven no ocurre en este santo obispo dando líneas muy interesantes que como bien dice deja a los especialistas en sus detalles. Ello me lleva a preguntarme si no hay algo subconsciente que revierte en dicha teoría sin necesidad de que salga a la luz. Digamos que se podría notar en ello, siendo mal pensados, el mal de la Conquista de América. La llegada de los españoles en el siglo XV como el comienzo de todos los males para el Nuevo Mundo. "La cosa" así vuelta, se presenta como mucho más comprensible si entendemos que en teología también pueden existir conquistadores odiosos en ese siglo. No creo que sea esto, pero de las fuerzas interiores e inconscientes del hombre, a pesar de Freud, sólo Dios sabe.

M.D
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(*) En otra entrada de su blog dirá:
Insisto en el asombro que me causa el empecinamiento de muchos amigos en mantener la propia voluntad en un rol protagónico en el camino de salvación, en desmedro, a veces, de la centralidad de la gracia.
Coincidiendo con Ludovicus, adjudico esta actitud a la influencia barroca, o a la espiritualidad moderna contrareformista y, consecuentemente, al olvido de la espiritualidad cristiana tradicional, aquella emanada de las enseñanzas de los Padres y, a través de ellos, de la enseñanza apostólica.
Una de las características del barroquismo espiritual, nacido con la modernidad es la insistencia en la etapa ascética de la vida cristiana, otorgándole, incluso, una gran autonomía y desconexión con el resto del camino de perfección.
(**) El prólogo de la tercera edición dice así: Quemados los restos de la 2ª edición por obra y desgracia de los rojos otra vez en Málaga durante su tiranía de 1936, allá van de nuevo estaas páginas para ayudar a la restauración de tanto Arte religioso destruido en España.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Y el obispo quien es?

Miles Dei dijo...

He añadido una foto con el nombre del obispo, que debía ser obvio por los datos dados. Como nota curiosa para los tópicos de Wanderer añadiré que un conocidísimo sobrino de este obispo es el supuesto inventor del término "nacionalcatolicismo" para referirse despectivamente al modelo social de la España de Franco, pero eso será para otra entrada.

Anónimo dijo...

No entiendo que tiene que ver la hispanidad con un aporte de un obispo español. ¿Alguien me lo explica?

Miles Dei dijo...

La explicación es muy sencilla: mientras que los animales innobles devuelven males por el bien que se les hace, tal como el perro que muerde la mano del que le da de comer, los animales nobles por el mal que se les hace devuelven favores. Este burro le ofrece al que pone de burros a todos los españoles sin conocer lo complicado del alma española un lugar donde profundizar su idea sobre el elefante barroco. Eso es Hispanidad. Darse a los que sólo ofrecen males porque piensan que todos son malos.

Un caminante dijo...

El artículo es muy bueno y muestra la inteligencia y agudeza del obispo español.

Esa nueva "guerra de la independencia" en tiempos del bicentenario es fruto de la misma inmadurez y soberbia que hace 200 años.

Descubrir que en España hubo y hay defectos no es novedad. Pensar a meter a todos en un mismo saco es tan simplista, que le quita seriedad a la discusión.

Fray Eusebio de Lugo O.S.H. dijo...

Leyendo la enorme cantidad de barbaridades acumuladas en este párrafo, se explica muy bien que sólo unas décadas más tarde, la revolución litúrgica triunfara de manera tan completa. Ése es el resumen de todas las infernales teorías de todos los jansenistas y simpatizantes desde el S.XVII, culpables no sólo de la herejía litúrgica tan bien descrita por Dom Guéranger, sino también de la revolución espiritual que llevará a la Revolución francesa, en lo político, y a la revolución conciliar, en lo religioso-eclesiástico.
Si eso es lo mejor que ha producido la teología española en el S. XX, no me extraña que estemos en la merdée en que estamos. Y con esas ideas, insultadoras de toda la evolución que el Espíritu Santo ha ido suscitando en la Iglesia desde el S. XII, vamos a seguir en ella mucho tiempo.

Anónimo dijo...

O sea, que si el arte destroza el altar y lo convierte en mesa de la cena es evolución también ¿no?

Miles Dei dijo...

Estimado Fray Eusebio, la constatación de una evolución torcida del arte sobre la liturgia no significa la negación de los signos y ritos de la liturgia, sino su mejor comprensión dentro de la historia de la misma Iglesia.

No obstante tiene razón. La gente ilustrada teológicamente sentía que la liturgia se había ido de madre respecto a algo esencial de la misma. El movimiento litúrgico es promovido desde la misma Santa Sede ya con San Pio X para recuperar esa esencia, pero al final no sólo no se recuperó sino que se mató lo que de bueno quedaba en ella por obra de los principales interesados en destruir a la Iglesia.