lunes, 14 de mayo de 2012

La absoluta primacía de la Gracia

Volvió a decir: La Gracia que enamora
tu mente, ha hecho que abrieras la boca
hasta aquí como abrirse convenía


Creo que es hora de volver a la obra que recomendaba del jesuita Carlos Frey de Neuville, predicador de la corte de Luis XV.

Pero despojarnos de nuestras inclinaciones y apetitos, pero infundir en nuestra alma sentimientos contrarios á nuestra naturaleza; pero pedir que nos desnudemos de nosotros mismos, y conseguirlo, eso es puntualmente lo que digo una y otra vez con San Pablo, lo que nunca hará el mayor hombre: y cuando á el le parezca que lo hace, no es él quien lo hace, sino Dios: neque qui plantat est aliquid, neque qui rigat, sed qui incrementum dat Deus. (I Cor 3, 7)
De este principio pues incontrastable, en cuya exposición confieso que debia detenerme mas, proceden dos verdades igualmente importantes: una para nosotros, otra para vosotros. Primera verdad, convenientísima para contenernos dentro de los limites de la modestia y de la humildad cristiana. Supuesto que la virtud y la eficacia de la predicación no depende del mérito y de los talentos del ministro Evangélico, sigúese que por abundantes que sean las bendiciones que el cielo derrame sobre nuestra predicación, siempre debemos confesar que somos siervos inútiles y que las conversiones, y hasta el deseo de hacerlas, todo, todo es obra única de Dios, que es quien solo da el querer , el poder y el obrar. Segunda verdad, convenientisima para instruirnos y confundirnos. Supuesto que el mérito y los talentos del predicador no limitan la virtud y eficacia de la predicación Evangélica, síguese que sea quien fuese el ministro, en vosotros consiste haceros provechosa la predicación, pues vuestro corazón no está: en manos del hombre, sino en las de Dios , y que vuestra conversión no depende sino de su gracia, y de vuestra docilidad.

[...]

Para una alma verdaderamente devota no hay sermón perdido. La voz del hombre será solo un mero sonido que se desvanecerá en el aire, pero la voz de Dios se introducirá y penetrara hasta lo mas intimo del corazón: y el Espíritu Santo dirá lo que el hombre no habrá dicho, ni habrá podido decir. Podra muy bien el predicador no ser un apóstol, ni ser un profeta; y sin embargo podrá serlo para vosotros , y respecto de vosotros: en fin sin tener las calidades de profeta ni de apóstol, podéis sentir en vosotros los efectos de tales.
¿Que pensáis pues que habrá que hacer para que experimentéis en la predicación evangélica los auxilios y luces que necesitáis? ¿Acaso comunicar al orador las prendas que vosotros echáis menos en el? No por cierto, antes bastara solamente que vosotros le oigáis con las disposiciones que él pide. Porque es un engaño, es un error pensar que de las prendas y talentos del orador dependen las virtudes del pueblo; antes bien las disposiciones del pueblo son las que constituyen el mérito, las luces y los frutos del orador.

[...]

Cuando vosotros, amados oyentes míos, suponéis que otros predicadores os convertirian, nos alegáis la muchedumbre de gentiles que los Apóstoles convirtieron a la fe de Jesucristo; ¿pero ignoráis acaso, ó afectáis ignorar que otro mayor número todavia quedó envuelto en las tinieblas del error y de la superstición? Sabed pues que quando los Apóstoles dejaron este mundo miserable, era bien escaso el numero de los cristianos y que la idolatría sin embargo de hallarse combatida con la fuerza y luces de tantas y tan estupendas maravillas, se gloriaba todavia de tener avasallado y esclavizado a todo el orbe. Aquel Israel, objeto principal det su ministerio apostólico, aquel pueblo, depositario de tantas promesas, a quien con preferencia a todas las demás naciones del mundo le fue predicado el Evangelio, se cegó con una incredulidad tan obstinada, que triunfó de su celo y de sus milagros. Aquella Jerusalen, regada con las lagrimas y sangre de Jesucristo, de cada dia mas pérfida, antes consintió en ser sepulcro de sus propios hijos y habitadores, que abrir las puertas del Santuario al Dios a quien ella habia condenado a muerte. Es verdad que en solo un sermon convirtió San Pedro tres mil almas: argumento convincente de lo que puede y obra en el hombre la divina palabra. Pero no es menos verdad que San Esteban, San Pablo, y el mismo San Pedro solo experimentaron por lo común las rebeldías y persecuciones de un pueblo fanático, y que vieron engendrarse las mas violentas furias, los mas atroces intentos en los corazones mas instruidos, al parecer, más sabios , más virtuosos: argumento el mas evidente de lo que pueden contra la divina palabra las pasiones indómitas y obstinadas, y prueba decisiva de que pueden hallarse en el oyente resistencias y obstáculos: escollo fatal donde por lo regular naufraga la eloquencia sagrada.

No están nada mal estas palabras para un mundo que se obstina en una "Nueva Evangelización" y que osadamente pone sus credenciales en el número de adeptos y en distintas metodologías. Verdades fruto del dogma de la gracia que son olvidadas hoy en día como si fuésemos una secta semipelagiana o casi totalmente pelagiana.

M.D.